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| Don Juan Carlos durante su mensaje navideño 2012 |
Buenas noches. En Nochebuena, como cada año, me dirijo a todos vosotros para transmitiros mis mejores deseos de paz y felicidad.
Al
término de este año difícil y complicado para todos, quiero hablaros
con sinceridad y realismo, sin rehuir los problemas que nos aquejan como
sociedad.
Quiero hacerlo con la confianza y el optimismo que me
inspiran las virtudes del pueblo español, al que quiero con todo mi
corazón y al que a lo largo de estos treinta y seis años de reinado he
aprendido a conocer a fondo y a admirar con orgullo.
Llevamos
varios años sumidos en una severa crisis económica y financiera cuyas
causas complejas no son siempre fáciles de entender, pero cuyos efectos
negativos son para todos evidentes.
Para muchos, tristemente demasiado
evidentes por su dureza.
Es una crisis que está llamada seguramente a modificar hábitos y comportamientos económicos y sociales.
Si
España ha alcanzado en los últimos decenios las más altas cotas de
progreso y bienestar de su historia, ahora hemos de saber reconocer con
humildad cuáles han sido los comportamientos en los que, como individuos
y como grupo, hayamos podido equivocarnos.
Sólo a partir de este
reconocimiento, y con los mejores valores de nuestra sociedad por
delante, podremos comenzar a superar esta crisis.
Será necesario
para ello un planteamiento global, un enfoque de conjunto cuyas líneas
maestras y medidas concretas corresponde diseñar, desarrollar y aplicar a
los responsables políticos y a los agentes económicos y sociales.
En
este ámbito a mí me corresponde, como Jefe del Estado, animar a esas
instancias a trabajar sumando voluntades, no restándolas; acercando
posiciones, no distanciándolas; buscando avenencias, no rechazándolas.
Animarles a trabajar con diálogo y altura de miras, con rigor y
convicción.
Sé, sabemos todos, que el camino de la recuperación no será corto ni tampoco fácil, que exigirá sacrificios.
Por
eso resulta tan importante que la sociedad en su conjunto asuma la
trascendencia del momento y sepa responder a los desafíos de una
situación tan difícil como la que vivimos con el necesario realismo,
pero también con mucha generosidad, con mucha solidaridad hacia quienes
por sus circunstancias económicas o familiares son más vulnerables.
Vivimos
una crisis de naturaleza global que ha puesto de manifiesto la
dificultad de que cada país pueda afrontarla aisladamente. Las
soluciones exigen establecer de forma coordinada medidas efectivas.
En
ese empeño se encuentra la Unión Europea y en él Europa encontrará a
España en la vanguardia, como actor destacado que desea seguir jugando
un papel relevante. La vocación europeísta de España se hunde en las
raíces de la historia de nuestro continente, y nuestro compromiso es tan
fuerte e intenso con su futuro como lo es hoy con su presente.
Una
vocación europeísta que gana valor y peso con la solidez de los lazos
que nos unen con las naciones iberoamericanas y con nuestros vecinos de
la orilla sur del Mediterráneo.
La crisis es internacional pero
también tiene perfiles nacionales propios. El más doloroso de todos es,
desde luego, la elevada tasa de desempleo que sufrimos, moralmente
inasumible para un país vertebrado, moderno y solidario como el nuestro.
Es
cierto que, en una coyuntura como la que vivimos, los temas que
requieren una solución prioritaria se agolpan ante nuestra puerta, pero
si tuviéramos que destacar la máxima prioridad creo que ninguno
dudaríamos en señalar la lucha contra el desempleo como objetivo último y
cierto.
Ciudadanos, instituciones y administraciones públicas
debemos volcar nuestros mejores esfuerzos y energías en apoyo de los
desempleados y de sus familias.
Con una cifra de parados
inaceptable, y que lo es todavía más entre los jóvenes que buscan su
primer empleo, quiero rendir un hondo homenaje de agradecimiento y
admiración a las familias, cuya generosidad y entrega está siendo clave
para que nuestro país mantenga los actuales niveles de estabilidad
social.
Todas las medidas que se adopten deben tener como
objetivo final la recuperación del empleo, pues esta es la principal
palanca que puede dar a cada individuo un horizonte de dignidad y
estabilidad, y al conjunto de la sociedad una expectativa de
prosperidad.
Estabilidad y prosperidad, en el marco de nuestra
Constitución, es lo que esta gran nación española ha sabido construir en
paz y libertad a lo largo de las últimas décadas, junto con un Estado
de Bienestar necesario para mantener la indispensable cohesión social
que la justicia distributiva reclama.
Estos son también nuestros
desafíos de hoy. Las herramientas para enfrentarlos con éxito son los
valores que han hecho siempre grandes a los pueblos: educación, trabajo,
esfuerzo, iniciativa, compromiso, solidaridad, entre otros.
Son los que necesitamos potenciar, tanto colectiva como individualmente, más que nunca en la coyuntura actual.
Junto
a la crisis económica, me preocupa también enormemente la desconfianza
que parece estar extendiéndose en algunos sectores de la opinión pública
respecto a la credibilidad y prestigio de algunas de nuestras
instituciones. Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los
sentidos.
Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas,
tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un
comportamiento ejemplar.
Cuando se producen conductas irregulares
que no se ajustan a la legalidad o a la ética, es natural que la
sociedad reaccione. Afortunadamente vivimos en un Estado de Derecho, y
cualquier actuación censurable deberá ser juzgada y sancionada con
arreglo a la ley. La justicia es igual para todos.
No debemos,
sin embargo, generalizar los comportamientos individuales, so pena de
cometer una gran injusticia con la inmensa mayoría de servidores
públicos, y también de empresarios o trabajadores del sector privado,
que desarrollan su labor de forma ejemplar y honesta.
De lo
contrario, se podría causar un grave daño a instituciones y
organizaciones que son necesarias para la vertebración de nuestra
sociedad.
La unidad de las fuerzas democráticas y la firmeza de
los españoles en la defensa de nuestro Estado de Derecho frente al
terrorismo, han demostrado que los proyectos totalitarios no tienen
cabida en la España democrática.
Frente a la intolerable
pretensión de los terroristas de tratar de conseguir objetivos políticos
mediante el uso de la violencia, la amenaza, la intimidación o la
extorsión, la sociedad vasca y el conjunto de la sociedad española han
defendido su libertad y sus instituciones desde la legalidad, con el
sacrificio y la eficacia de las Fuerzas de Seguridad, la permanente y
decidida acción de la justicia y la generosa cooperación internacional.
Ahora es ya tiempo de que los terroristas entreguen sus armas asesinas y desaparezcan para siempre de nuestras vidas.
Esta
noche es un momento especial para dedicar un recuerdo emocionado a
quienes más han sufrido esta tremenda injusticia, las víctimas del
terrorismo.
Nuestra sociedad tiene contraída una permanente deuda
de gratitud con el sacrificio y el dolor de todas las personas que
perdieron la vida, quedaron mutiladas, fueron extorsionadas o se vieron
obligadas a abandonar su tierra.
Al evocar su memoria, queremos poner de
manifiesto su dignidad y compartir su sufrimiento y el de sus familias,
que siempre contarán con nuestro apoyo, solidaridad y afecto. Este es nuestro firme compromiso, para recordar que su sacrificio no ha sido en vano.
Es
el compromiso de una sociedad libre que no se deja amedrentar, que
exige justicia y reparación para quienes fueron víctimas de la violencia
por no querer someterse a la dictadura del terror.
Hace cinco
semanas los españoles, como dueños de su destino y en el ejercicio de
sus derechos soberanos, han elegido a sus representantes a nivel
nacional en unas elecciones generales que han dado como resultado la
alternancia política.
En este nuevo escenario que se abre, la
Corona, en tanto que símbolo de la unidad y permanencia del Estado,
seguirá haciendo todos los esfuerzos necesarios en favor de una
convivencia integradora.
Los actuales son tiempos de gran
exigencia. Nos esperan muchas dificultades pero también nos respaldan
sólidos valores que nos hacen sentirnos orgullosos de ser españoles, y
un pasado reciente de superación que nos sirve de estímulo.
Como
os dije la Navidad pasada, “no hemos llegado hasta aquí para dejarnos
vencer por las dificultades, para renunciar a nuestras ambiciones de
construir un país cada vez mejor”.
Hemos demostrado con creces
que, cuando estamos unidos y seguros de lo que queremos, sabemos dar
respuesta a los retos más complejos. Los que tenemos ante nosotros lo
son, pero no tengo duda de que los españoles sabremos estar a la altura
de los tiempos y para ello siempre contaréis con el mayor y mejor hacer
de la Corona.
Son muchos los mensajes que quisiera hacer llegar a
todos y a cada uno de los sectores y colectividades que integran
nuestra sociedad. Sabed que todos estáis en mi corazón y en mi
pensamiento.
En esta noche, quiero dar las gracias especialmente
a tantos españoles que en los últimos meses se han interesado por mi
salud, felizmente recuperada.
En este tiempo, he podido
apreciar, aún más si cabe, el rigor y el acierto con que mi hijo, el
Príncipe de Asturias, me acompaña como Heredero de la Corona en el
servicio a los españoles y a España, a su democracia, a su Estado de
Derecho, a sus libertades, a su unidad y su diversidad, y a la defensa
de sus intereses en todo el mundo.
Os reitero mis mejores deseos en esta Navidad y para el año que pronto comienza.
Estemos unidos. España lo merece y lo necesita. Buenas noches.










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