Os pego aquí un artículo que refleja muy bien la situación española, los problemas por afrontar y muchas veces los caminos erróneos que hemos escogido para no salir de la crisis, para sumergirnos en un profundo hoyo del que salen palabras no de auxilio sino, de poca credibilidad porque nosotros hemos querido, de ahí ese recelo internacional y los comentarios del país vecino: "Si votáis a la izquierda, Francia será como España". Qué triste que nos vean fuera de nuestras fronteras de esta manera. ¡¿Pero cómo no nos van ver así?!
Ayer España consiguió el triplete en Qatar. Al instante puse mi comentario de enhorabuena en Twitter y la famosa frase que viene pegando fuerte desde los guiñoles de Francia: "Soy español, ¿a qué quieres que te gane?". Pensaba que era una simple broma que no ofendería a nadie y mucho menos a otro español, pero sí, sucedió. Un incomprendido que no quiero citar su "alias" en Twitter no sea que tenga más seguidores se atrevió a contestarme que algunos pilotos que citaba no eran españoles sino catalanes... Enseguida aparecieron comentarios criticando sus palabras, entre ellos el de un aragonés que añadía las palabras mágicas "el condado de Barcelona" a lo que el incomprendido respondió que la bandera de Aragón es una copia, "que poca cultura histórica".
Todavía sigo con la boca abierta y pensando si muchas veces no tenemos lo que nos merecemos. ¿Cómo vamos a apoyar un proyecto como la Unión Europea si España de unión no tiene nada? ¿Cómo vamos a ofrecer credibilidad al resto de países cuando se enteren del gasto de las autonomías? Como expone el articulo que pego a continuación: " Nadie se cree que las comunidades autónomas vayan a recortar 27.000 millones en 2012".
PRISIONEROS DEL POPULISMO PASADO
EL MUNDO 09/04/2012
Por JESÚS FERNÁNDEZ-VILLAVERDE, LUIS GARICANO Y TANO SANTOS
España se encuentra en un momento clave en su Historia. Con unos mercados de deuda a los que ha regresado el nerviosismo, unos Presupuestos para 2012 que han convencido a pocos y una economía en recesión, nos acercamos a un rescate que hay que evitar a toda costa porque sus consecuencias serían gravísimas.
Primero porque los que nos intervendrían son nuestros acreedores y, por tanto, no tendrían nuestros mejores intereses como objetivo. Segundo, porque el rescate impondría un ajuste fiscal aún más profundo. Tercero, porque en estas intervenciones se sabe cómo se entra, pero no cómo se sale.
LOS RESCATES expulsan al capital privado y secan la liquidez de un país. Y cuarto, porque no funcionaría: las intervenciones del FMI se basan en devaluaciones de la moneda y el consiguiente tirón de la demanda externa. Como esto no es posible en la zona euro, las intervenciones de Grecia y Portugal no han mejorado nada.
¿Qué ha ido mal? ¿Cómo han retornado tan rápidamente las nubes temporalmente alejadas tras la actuación del BCE en diciembre? La respuesta es simple pero demoledora: el nuevo Gobierno, si bien ha hecho una decidida reforma laboral, no ha sabido atajar los dos problemas fundamentales que socavan nuestra credibilidad: el sector financiero y la política presupuestaria.
La situación del sistema financiero es crítica. Hemos fracasado rotundamente en convencer a los mercados de capital de que refinancien nuestros pasivos bancarios. Las entidades españolas, salvo un par de excepciones, sólo pueden emitir con avales del Estado y viven enchufadas a la liquidez provista por el BCE. Su lógica reacción a los nuevos requisitos de capital ha sido restringir el crédito, lo que ha ahogado a muchas empresas. Lo dice todo sobre la gestión de esta crisis que, no siendo nuestros problemas inmanejables, estemos como estemos.
La política presupuestaria ha sufrido por cuatro motivos. El primero es el baile absurdo de cifras sobre el déficit que hemos padecido desde el otoño y que ha llevado a que los observadores se pregunten cuál es el verdadero estado de nuestras finanzas públicas.
El segundo es el retraso intolerable en la presentación del presupuesto. No sólo ha malgastado el periodo de gracia de 100 días que se otorgó al nuevo Gobierno sino que, al presentarse justo después de las elecciones andaluzas, han dejado claro que en España supeditamos la urgencia a la política.
EL TERCERO es que estos presupuestos son víctimas de años de oposición basados en el populismo. Como se prometió no recortar pensiones o los sueldos de los funcionarios y no subir el IVA, al presupuesto no le queda más remedio que reducir la inversión e intentar una amnistía fiscal que, aparte de desmoralizadora para aquellos que cumplieron con sus obligaciones tributarias, imputa unos ingresos cuyo cálculo pertenece más al género de fantasía que al de ciencia de la Hacienda Pública. Pero los mercados no se dejan engañar por malabarismos. Entienden que estos presupuestos deterioran nuestra situación fiscal en el medio plazo y que demuestran la incapa- cidad de nuestros gobernantes de encarar los problemas.
El ejemplo más sangrante de esta política fiscal incoherente ocurrió en diciembre, cuando se anunció un recargo por dos años del impuesto sobre la renta pero se recuperó la desgravación sobre la vivienda. No sólo agrava una distorsión -el tipo marginal sobre la renta- sino que reintroduce una nueva -la desgravación-. El efecto neto descontado sobre la recaudación futura es, con seguridad, negativo. En otras palabras: distorsionamos más para empeorar nuestra situación fiscal.
Finalmente la sangría de las finanzas autonómicas sigue sin cerrarse y nadie se cree que las comunidades autónomas vayan a recortar 27.000 millones en 2012. La inyección de liquidez de los 30.000 millones a proveedores nunca debió ser incondicional, sino haber requerido duras condiciones de ajuste.
¿Qué hacer? Primero, que el Gobierno se olvide de las elecciones, sean éstas gallegas, vascas o generales y que destierre a los encuestadores a otras tareas. La prioridad absoluta es solventar nuestra carencia de credibilidad.
Segundo, recuperar cuanto antes el flujo crediticio. Esto sólo se conseguirá si regresa la confianza al sector bancario y éste pueda acceder al mercado de capitales sin avales del Estado o la liquidez del BCE. Una alternativa clara es la utilización del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (EFSF, por sus siglas en inglés) para recapitalizar el sistema financiero, lo que no implica una intervención, ya que se podría diseñar un esquema que permita un saneamiento del sistema bancario a la vez que retenemos la autonomía en nuestra política económica. España tiene suficientes motivos para exigir un trato distinto del que han recibido otros socios menos responsables. Y esta recuperación tiene que ser capitaneada por el nuevo gobernador del Banco de España, que ha de ser una persona de reputación internacional, con experiencia en la banca central, que hable inglés perfectamente y que tenga inmejorables contactos con Fráncfort; esto es, que cuando llame, Mario Draghi coja el teléfono. Haber sido leal durante los años de oposición es, en el mejor caso, irrelevante.
TERCERO, elaborar una senda de consolidación fiscal plurianual creíble, pausada y sistemática. Como medidas de gasto, este plan debería recortar el sueldo de los funcionarios, reducir su número y congelar las pensiones (eliminando una paga extra), mientras que las partidas de educación, inversiones productivas (no las del AVE, que son mero despilfarro) y de I+D deberían mantenerse en lo posible. Como medidas de ingresos, este plan debería eliminar la desgravación a la compra de viviendas e introducir una subida escalonada del IVA durante los próximos cinco años, por ejemplo, de un un punto por año hasta llevar el tipo general al 23% además de minimizar los bienes y servicios gravados por tipos reducidos. Si la senda de déficit se fuera cumpliendo, la subida del IVA sería compensada, en parte, por reducciones a las cuotas de la Seguridad Social. Como medidas institucionales, este plan debería crear un consejo fiscal independiente y replantearse radicalmente la financiación autonómica para darnos un modelo de Estado racional. No es admisible que los reglamentos discutidos por la Comisión Europea den más poder a ésta para controlar al Gobierno de España que la que éste tiene con sus díscolas autonomías.
Después de cuatro años de crisis en los que los gobiernos de España, éste y el anterior, han ido a remolque de los acontecimientos, puede ya ser tarde para cambiar las cosas. Pero aún merece la pena intentarlo porque estamos, ahora sí, ante la que puede ser nuestra última oportunidad para enderezar esta interminable crisis. Pero para ello necesitamos un cambio radical de actitud que comience con el abandono del equivocado populismo de los dos últimos años de oposición al Gobierno de Zapatero.
Jesús Fernández-Villaverde es profesor de Economía en la Universidad de Pensilvania. Luis Garicano es profesor de Economía y Estrategia en la London School of Economics. Tano Santos es catedrático de la Columbia Business School.









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