Ayer mismo una amiga me preguntó mientras paseábamos por Madrid: ¿Qué se siente al estar licenciada? ¿Estarás contenta?. Me quedé un momento pensando qué fue lo que había sentido: Alivio, desasosiego, alegría, esperanza...Nada de eso. No sentí nada, un paso más en mi vida. Pero la pregunta no se me quitó de la cabeza en toda la tarde. Después, una de las "conversaciones estrella" en toda quedada con un amigo es la crisis. "Que si me tengo que atar el cinturón este mes"; "Quizás lo podamos comprar al mes que viene" son algunas respuestas para el tamaño del tema. Esa misma mañana había escuchado en la radio que la cifra de periodistas parados alcanzaba a 3.000. Fue entonces cuando me sorprendió otra vez mi pregunta de antes: ¿Qué se siente al estar licenciada?
Según el actual Gobierno, en materia de educación, España tiene lo "mejorcito" de profesionales bien preparados/formados en todos los campos del saber. Me sorprende cada día más cuando en Internet veo currículums de gente que tiene 5 idiomas, 3 carreras y 2 másters y siguen buscando trabajo. Es algo que personalmente a mí, a veces, consigue desmoralizarme, porque acabo de acabar mi primera carrera con buenas notas y espero en dos semanas comenzar mi primer Máster. Algunos dicen: "Es la suerte que tiene uno en la vida", otros más optimistas responden: " Será cosa de dos años más y todo volverá a la normalidad".
En estos años mientras estudiaba y trabajaba he comprendido que la profesión de periodismo es algo como "por amor al arte". Somos personas persistentes, que luchamos por lo que queremos (informar) y nunca nos quejamos lo suficiente porque siempre continuámos al pie del cañon.
Hoy he de decir que me he entristecido al leer la noticia que ha publicado "El País" sobre un jóven periodista, recién licenciado, como yo.
Copio la noticia y os remito al enlace para que observéis todo tipo de detalles. La verdad que juzguen por ustedes mismos. Me sobraron las palabras, todavía sigo con los pelos de punta.
Mi historia es la de muchos alumnos que finalizan la carrera de periodismo en España y sueñan con poder conseguir el trabajo de sus sueños. Todos, cuando salimos de la facultad, hacemos planes de futuro sobre el periódico, la televisión o la radio en la que trabajaremos. En la envidia que daremos a nuestros amigos cada vez que nuestro nombre aparezca firmando una noticia o lo orgullosos que se sentirán nuestros padres de su hijo periodista... Pero esos planes, esas ilusiones, esos sueños se desvanecen.
Años trabajando de becario, con un sueldo mísero- en los medios que creen oportuno abonar por tus servicios-, sin hora de salida, infumables fines de semana enclaustrado entre cuatro paredes... Somos periodistas; y sabes qué sacrificios conlleva nuestra profesión. Por eso la elegimos, por eso la amamos, por eso estamos orgullos de ser lo que somos. Pero lo que nadie, nunca, nos dijo fue que el estatus de 'becario' sería nuestra única experiencia en los medios de comunicación y que cuando nuestra beca expirase con ella lo harían también nuestras ilusiones. Nadie puede ser becario eternamente...
Pero yo no me rendí. A pesar de que se me cerraron todas las puertas. A pesar de trabajar como becario durante más de dos años. No, mi sueño por ser periodista fue mayor que la realidad; una realidad que me resistía a asumir con la cabeza baja. Mis padres me han enseñado a luchar, que la vida nunca regala nada y menos a gente como nosotros; por eso... Desafiando consejos y dando un terrible disgusto a mis padres el 29 de enero de 2008 cogí un avión rumbo a Bagdad.
Sí. Mi sueño me empujó a convertirme en corresponsal en zona de conflicto. Con 25 años desembarqué en una de las ciudades más peligrosas del mundo buscando un sueño. Convertirme en un gran periodista. Pensé que si viajaba a zonas en guerra, si me esforzaba por hacer que mi trabajo tuviese un eco mediático, por crecer profesionalmente y madurar como persona ese trabajo que tanto ansiaba acabaría llamando a mi puerta. Iluso de mí...
Después de Irak vinieron Líbano, Pakistán, Cuba y Egipto. Pero allí tampoco encontré ese ansiado trabajo. Lo único que encontré fueron muchas palmaditas en la espalda. Muchas alabanzas por mi trabajo y un par de gracias por firmar crónicas (escritas y en televisión) por unos míseros euros a pesar de que había puesto mi vida en peligro más de una vez. La desesperanza me invadió. Pensé en mandarlo todo a paseo y acabar como reponedor en algún gran almacén y guardarme mis historias para contárselas algún día a mis nietos.
Todos los sueños tienen un límite y yo creía que el mío había sido rebasado con creces. Una cosa es trabajar de becario gratis y otra muy distinta pedir un crédito para poder ir a la guerra en busca de un sueño o de una oportunidad que nunca llegaba. Entonces me invadió un dilema. ¿Sigo o me rindo? Si me rindo seré uno más. Uno que decidió abandonar sin luchar hasta acabar agotado...
Por eso aposté y lo hice fuerte. Más fuerte que nunca. Después de Irak y Pakistán ¿a dónde ir? ¿Dónde podría demostrar lo bueno que soy? La respuesta surgió sola: Afganistán. Hablé con varios medios con los que solía colaborar y todos me dijeron lo mismo; "vete y ya veremos lo que traes; y si es bueno pues te lo compramos". Me seguí moviendo para buscar más apoyos y conseguí que me dieran un Blog en uno de los periódicos de tirada nacional de España pero, siempre hay un pero, "por culpa de la crisis no te podemos dar ni un euro... Ya sabes la publicidad nos ha matado". Un nuevo dilema ¿merece la pena currar gratis? ¿Jugarte la vida por escribir gratis para un periódico de tirada nacional? Hasta ese momento pensé que sí...
Un 20 de febrero de 2010 aterricé en la ciudad de Kabul. Una ciudad de tonos grises que esperaba que no fuese premonitorio a lo que me esperaba. En total fueron más de 40 días en el país afgano. Recorriéndolo de cabo a rabo. Desde Herat hasta Kabul, pasando por Kandahar, Helmand, Bamiyán (donde los Budas gigantes) y Marjah (siendo el primer español que visitaba la zona después de la ofensiva lanzada por la OTAN en febrero de ese mismo año). Parecía que las cosas me iban bien.
Gracias al blog apalabré un libro (que sale publicado en un par de semanas), publiqué varios artículos e incluso abrí la nueva temporada del programa "30 Minutos" de Telemadrid con un reportaje mío sobre Afganistán. Era tal mi excitación que en julio me volví a marchar; esta vez a Kandahar y Helmand para pasar un mes con las tropas de ISAF. Allí acabé por labrarme un pequeño nombre entre el mundo de los corresponsales en zonas de conflicto. Los compañeros alababan mi trabajo. Todo eran buenas palabras...
Pero hasta ahí. Nadie. Absolutamente nadie quiso apostar por mí. Nadie llamó a mi puerta para decirme; "Chaval, ¿quieres trabajar con nosotros?". Lo Más parecido fue un piropo que me lanzó un director de un programa de televisión nacional que le dijo al director adjunto de informativos "Javi, este chico es un buen fichaje". Una sonrisita; y a casa...
Llevo casi tres años recorriendo las zonas más peligrosas del planeta. He invertido todos mis ahorros, he pedido un crédito... ¿Qué más tengo que hacer para poder trabajar? Cada vez que me lo planteo se esboza una sonrisa en mi rostro y niego con la cabeza. Si sigo es porque amo esta profesión con todas mis fuerzas; porque me encanta que mis crónicas acerquen la realidad de un mundo que también existe a otras personas. Pero... nada más. No tengo recompensa más que la mía propia. ¿Hasta cuándo? Es una pregunta que desconozco, pero no creo que pueda aguantar mucho más. Tengo 28 años, vivo con mis padres, no tengo absolutamente nada... ¿Hasta cuándo? No lo sé pero no creo que aguante mucho más. Porque me he dado cuenta que los méritos propios no sirven de nada, que los currículos no los lee nadie. Es una triste realidad que empaña una de las profesiones más bonitas del mundo.









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